Le veía ajeno en absoluto a los dolores de ella, sometido a la ambición de poseer caudales inanimados, cosas inertes, y le volvía la espalda con un desprecio triste, algo compasivo: quería olvidar que era su padre aquel hombre serio y habilidoso a quien admiraba mucho el vecindario.
Gustaba Dulce Nombre de repartir el tiempo de sus escapatorias entre la habitación blanca y apacible del molino y el huertuco estallante, donde se henchían los botones y afloraban las hojas tiernas. Padecía y gozaba allí una confusa turbación latiendo con el sordo ritmo de las semillas, sintiendo en la médula de su carne la escondida fuerza de las plantas.
Como si cometiese un delito, se ocultaba con vergonzosa cautela celebrando el regreso de las golondrinas, sorprendiendo a las nacientes mariposas sobre la miel temprana de las flores. Todo el semblante de libación y desposorio que adquiere la campiña primaveral, enardecía de un modo intenso a la mujer, que volvía a escuchar imperiosamente, en el misterio de su alma, la voz siempre oída, la promesa que el amor le debía cumplir.
Pero sentíase generosa y valiente; pensaba, estremecida, en el troje oscuro del cementerio, doliéndose de la sentencia que acobardaba a Malgor, y se iba junto a él, muy solícita, cada tarde, paseando con lentitud a la orilla de la mies virginal.
IV
EL CABALLERO DE LA GLEBA
Estas alternativas de sentimiento y de carácter no correspondían al cambio de las estaciones de una manera sistemática, ni mucho menos; eran volubles, aunque Dulce Nombre, campesina y sensible por excelencia, vivía entregada al influjo inmediato de la lluvia y del sol.