La tierra, nuestra primera madre, había criado como suya a la niña de Rostrío, enseñándola a sentir y a querer, y pocos discípulos aprendieron mejor las lecciones agrestes de la selva y el viento, el lenguaje de los astros y de las aguas, el murmullo de las simientes y las raíces. Hija del campo, sin otras experiencias que las de su vida rural, con una educación cristiana harto somera y tosca, la esposa de Malgor no estaba dispuesta para una heroica lucha contra las pasiones. Tenía de la virtud un concepto lógico por instinto de honradez, y rendía a la justicia un tributo de rigurosa lealtad, sin grandes concesiones a las leyes humanas. La imaginación, despierta bajo el cultivo exótico de Nicolás Hornedo, contribuía a exacerbar las rebeliones innatas de la moza, y la naturaleza, bravía y sentimental, la inducía a preferir, entre todos los bienes posibles, el bien del amor: privada de él más le quería y menos estimaba los otros beneficios de la suerte. Rehuyó el trato con los señores del valle, temiendo ser por ellos admitida en condiciones de inferioridad, y seguía comunicándose con la gente de la aldea como antes de la boda, aunque las especiales circunstancias de su ánimo la obligasen a un aislamiento un poco arisco.

Así estuvo más sola con las tentaciones, cada año más hondo el puñal en la herida de su destino; y muchas veces, a despecho de su natural inclinación a la ternura y la clemencia, sentíase cruel; no bastaban las brisas del follaje reciente ni la dulzura generosa de los caminos para aquietar su destemplanza: todas las insinuaciones maternales de la tierra se le convertían en fuego y en pasión.

De tal modo un día, de aquellos que a menudo fueron bienhechores para la triste enamorada, sucedió que el marido la recibió quejoso cuando ella volvía sonriente de un paseo matinal.

—¡Vives fuera de casa!

—Vengo del molino—replicó en tono de disculpa.

—¿Y qué tienes que hacer allí?

—Nada—confesó.

—Yo estoy abandonado y tu hija también.

—¡No es verdad! Salgo al bosque cuando amanece, quitándome del sueño las horas; vengo temprano, y al anochecer, si no me necesitas tú, vuelvo a salir.

—Y aunque te necesite... Yo te estorbo; a la niña la tendré que poner en un colegio... Sólo te ocupas de vivir... ¡y de esperar!