El hombre rico hablaba con rencor, mirando airadamente a la mujer, envidioso de su salud, y más avariento a cada instante de su hermosura.
Ella redujo la indignación a una opaca sonrisa, y sin descubrir los pensamientos salió de la estancia, muy desdeñosa: nunca la había tratado Malgor con tanta dureza.
Aquella tarde no le acompañó como de costumbre al diario paseo, y creyendo justo resarcirse del agravio recibido, se fué sola y autoritaria a la torre de Luzmela. Sentía una brusca necesidad de expansión. Y precisamente el padrino andaba malucho desde su regreso: le haría una visita.
Invernaba Hornedo en Torremar hacía algunos años, después que una herencia le permitió abrirse un poco los horizontes, y las íntimas fiebres de su espíritu le obligaron al movimiento y a la fuga. Pero aquella misma dolorosa inquietud le hacía volver con frecuencia al solar, y cada primavera se le convertía en pretexto de un viaje, motivo en ocasiones de mayor quebranto y de otra nueva huída.
Estaba entonces allí, recién llegado, endeble y taciturno, sin salir de la casona. Su retorno al valle le costaba siempre una desilusión con amago de enfermedad; traía el presagio remoto de cimentar una esperanza, y hallábase con la certidumbre de muchas cosas irremediables.
Se encontraba más viejo. En la ciudad apenas se veía a sí mismo, empeñado en distraerse con aventuras más o menos permitidas, deseoso de engañar las horas y el corazón en simulacros de amores y de fiestas; allá los espejos eran benignos en la penumbra de las habitaciones; a plena luz aldeana los alindes picados y algo turbios no sabían mentir: Nicolás estaba más viejo. No obstante, con su dramática palidez y su figura patricia, tenía el caballero de la gleba un porte singular que interesaba mucho a las mujeres: mientras, a él le parecía Dulce Nombre hermosa entre las demás, imposible como ninguna.
Aquella tarde no la esperaba. Aunque eran ya buenos amigos se trataban poco y prevalecía en medio de los dos una tristeza oculta, una reserva penosa: no conseguían volver a la distante serenidad de su cariño.
Cuando el solariego la vió de pronto en su gabinete, levantóse a recibirla con una agitación indecible.
—¡No te muevas!—le suplicó la joven al tenderle sus dos manos: ya no le abrazaba, no sabía por qué, sofrenando los impulsos de la antigua cordialidad—. ¿Estás mejor?; ¿qué tienes?
—Casi nada; un leve trastorno de mis nervios.