Le obligó ella a sentarse y se acomodó en un escabel al lado suyo, como en días más felices.

El padrino la miraba con avidez oyéndola hablar, esquivando encontrarse con toda la luz cándida y fuerte de los ojos dorados.

Y entregada al irresistible anhelo confidencial, contó Dulce Nombre sus cuitas matrimoniales. Malgor era injusto; le pedía cuenta de sus pasos, de sus acciones... ¡hasta de la íntima esperanza...!

—¡Con tal que algún día la realices...! Pero... ¡Dios sabe!—pronunció Hornedo con aquella mansa ferocidad que trascendía desde los abismos de su pasión—. ¡Ese hombre compadecido y mimado, va a vivir más que tú, más que yo..., acaso más que el otro!

Dulce Nombre callaba escondiendo su intensa desolación.

—Sí—añadió el padrino con una sonrisa de hiel—. Apurará todos los plazos que la ciencia le concede... Muchas personas tranquilas y saludables se han muerto desde que él «se tenía» que morir...

—¡Es cierto!—murmuró la joven, sin poder reprimir las palabras.

—Y tú lo sientes, ¿verdad?—preguntó el hidalgo con sutileza tenebrosa, dolido del afán que Dulce Nombre descubría por hallarse libre—. ¿Tú lo deseas?

—¿Desearlo?—musitó indecisa, en lucha su rebelde candor con la brutalidad de la única respuesta.