—Sí; le deseas a tu marido la muerte.
—¡No...! ¡ni a él ni a nadie...! Quiero ser feliz: ¡ya es hora...! Porque está enfermo hay que compadecerle y no contradecirle... Yo, aunque vivo sana, me consumo... ¡y no tengo la culpa de querer a otro!
Hornedo se consumía también, embriagado por la gracia madura y esencial de la moza, admirándose de la ingenua lealtad con que defendía su derecho a un solo amor. En los años acerbos de su matrimonio, ningún hombre se atrevió a poner en ella con osadía la mirada: ni la dolencia del marido, ni la desproporción de las edades, ni aun el silvestre genio de la mujer, arbitrario de suyo, dieron motivo para que la dañase un antojo malsano.
No; seria y triste, aguardaba el cumplimiento de una promesa; estaba comprometida: tenía novio. Si acaso la envolvió Gil, enamoradamente, en una copla o en un suspiro, fué aquello un homenaje rústico del pastor, consentido como de limosna al buen camarada que vivía en el monte, solo con el cielo y la nieve, comiendo pan de maíz y durmiendo en yacijas de piel.
Sentíase Nicolás atormentado y orgulloso de que hubiera algo suyo en el carácter firme y transparente de la ahijada; se altivecía pensando que la víctima de los terrores más absurdos había contribuído a formar un alma tan segura y valerosa, y al mismo tiempo le martirizaba aquella reciedumbre que siempre se levantaría inmutable contra él.
Dulce Nombre meditaba, algo pesarosa de lo que dijo, confesándose que en realidad merecía algunos reproches de Malgor: no era una mujer casera y humilde, no era una madre habilidosa y paciente, ni sabía corregir tales flaquezas. El hogar del marido le seguía pareciendo extraño; la niña, después que la cantó el sueño y la echó a andar con deleite maravilloso, se le volvió también esquiva, hasta que perdió su influjo sobre ella: entre el dinero y los halagos, se la hicieron lejana, inclinándola a otros gustos, a otras aspiraciones ajenas a las suyas. Y un sentimiento horrible de soledad tornó a ennegrecer la vida de la moza, abandonada a la quimera de su juventud.
Allí, en el gabinete del padrino, olvidándose de todo para sosegar sus emociones, se reconocía culpable cerca de Malgor.
—Sí, me estorba; es la verdad... ¡me estorba!—susurraba con áspero sufrimiento—. ¿Qué le voy a hacer si es así? Ya aguardé años y años... ¡no puedo más!
Se le derramaba la pasión en el oro líquido de las pupilas, y una honda blancura la penetraba, como si un fuego interno hiciera traslúcida su carne: tenía en los labios sedientos el nombre de Manuel Jesús.
—¿Tanto le quieres?—aludió Nicolás, celoso y adivinador.