—¡Mucho!
—¿Siempre lo mismo?
—¡Siempre...! Más no es posible.
—Pues el plazo cada día es más corto... ¡Si él no se cansa de esperar...! Pero no. ¿Cansarse...? ¡Por una mujer como tú!
Le sonaba tan sorda y desconocida la voz, que la joven se volvió extrañadamente hacia él.
—¿Qué decías?
—Que tú—disimuló apenas, tembloroso, apagando el acento—eres digna de que te esperen... no ya muchos años... ¡aunque fueran siglos!
Y alejó la mirada, loca de angustia, por el hueco del balcón, sobre la pompa inaugural de la selva.
Se quedó observándole Dulce Nombre con un asombro repentino: ¡Qué triste estaba y qué solo en el mundo! ¿Nunca se habría inclinado un gran amor sobre aquella vida callada y enferma...? ¡Nunca!—se respondió con lástima, recordando las veces que le vió macilento y azaroso, errante por la casa y el ansar, como si buscase un refugio... Ella fué, acaso, la única amiga del pobre solariego: evocaba su niñez en la torre, sus escondites y travesuras aventando las melancolías de Nicolás, el celo con que él le daba los regalos y las lecciones... No comprendía por qué se había ensombrecido entre los dos la confianza y la ternura de aquel tiempo.—Debe ser—pensaba—que nuestro destino se cumple, que estamos sentenciados a sufrir a solas, cada uno con sus penas. Sentía un ímpetu vehemente de salvar el espacio medroso que la separaba del amigo, de ir hacia él con el alma abierta y asequible. Y le seguía el vuelo de los ojos, afanosa de todas las miradas que se asoman con ansiedad al fondo de los cielos.
Allí las recataba el hidalgo, en las nubes dormidas al sol, desesperándose al percibir tan cercana y sensible la adorable existencia que pudo ser suya. Por ceguedad y apocamiento, dejó que a la niña de su corazón la enamorase un hombre decidido; consintió, después, que se la llevara otro más audaz: la abandonó a una suerte adusta y peligrosa, sin ofrecerle un reinado de amor donde ya le ejercía con los más puros derechos sentimentales.