Tuvo en sus manos el alma ardorosa y despierta y la dejó huir...—¡Me hubiera querido antes de volar!—se decía mil veces en la amargura de sus exaltaciones. Y le parecía una infamia que la mujer de Malgor no pudiera vivir en la torre de Luzmela como señora del valle...

Un atractivo doloroso de pensamientos llevó a la muchacha de repente junto a las ideas tormentosas de Nicolás, rozándolas en una insinuante aproximación.—Esta casa—se dijo suspirando—sí que parece mía: aquí no me encuentro forastera como en «la otra»... Las imágenes de su infancia se levantaron entre los muebles conocidos, se extendían gozosas por los corredores y los camarines, bajaban a los huertos y al jardín.

Dulce Nombre sacudió la cabeza hurtándose a la fascinación de sus memorias.—Sí; este «era» mi único hogar—se repetía sordamente.

Reconcentró al cabo sus meditaciones en Hornedo, que continuaba inmóvil, muy pálido, sin atreverse a hablar.

—¡Ya no puedo consolarle!—pensó llena de solicitud—. ¡Está solo como yo... ¡pobre padrino...! ¡Y qué guapo es!—añadió con orgullo, sorprendiéndole, en un atisbo certero, el fervor silencioso de las pupilas, la mano aristocrática, el porte señoril.

La conmovía un profundo enternecimiento. Se levantó para despedirse; doblóse impulsiva y rozó con los labios cariñosos la frente de Nicolás.

—¡Adiós, padrino!

Él la tuvo así tan confiada y devota que tembló intensamente. Había recibido todo el baño de luz de aquellos ojos, el ardor de la boca purpurina...

—¡Adiós!—logró decir con desvaído gesto, a punto de desmayarse.

Y Dulce Nombre, por darle ánimos, ofreció desde la puerta, con la voz clara y benigna: