Decíase en el valle que el señor de la torre pensaba ir al extranjero y vivir muchos años lejos del solar. Hubo desilusiones entre las señoritas que no perdían la esperanza de un buen casamiento: la prima de Esquivel y la talluda infanzona de Barreda se disputaron gratuitamente el honor de una romántica viudez.

Pocos meses más tarde se despedía Dulce Nombre de su hija sin protesta, con un sentimiento callado y acerbísimo. Decidió Malgor internarla en un colegio ciudadano, y la misma esposa la fué a llevar en un día de otoño húmedo y triste.

La niña era ya una mujer de trece años, arrogante y hermosa. Tenía, como su madre, la figura gentil, los ojos dorados y profundos, la risa trinada, la voz caliente y musical; pero variaba un poco en la expresión, más imperiosa y dura, espejo de una crianza llena de caprichos y satisfacciones. María ostentaba en las pupilas mayor oscuridad, más sombras en el pelo, y carecía de aquel nimbo rubio de la madre, caído en las sienes como finísima corona.

Estuvo conforme en el colegio porque llegaba allí el oro de su padre concediéndole preferencia y garantías, y en tres años, sólo durante unas cortas vacaciones llevó a su casa un poco de bullicio.

Había muerto la abuela; el indiano, envejecido y mustio, padecía una repetición frecuente de los ataques anginosos, y contemplaba todas las cosas con una mirada yerta y fija, de ultratumba, ejercitándose en la virtud de acrecentar merecimientos para la vida eterna.

El quería decirse:—No tengo sed porque puse mi boca en el cielo. Trataba de consolarse a sí mismo, pensando, cómo la existencia del hombre es un soplo de aire que va y viene, mientras las almas perduran en su Dios con la fuerza indestructible de lo imperecedero. Mas, cada una de sus meditaciones, por grave y honda que la hiciese, le traía a morder la carne de la vida, a prevenirse, como último recurso mundano, ese oleaje de memorias y bendiciones que verbera para los escogidos en las orillas de la fosa.

Hizo su testamento mostrándose generoso hacia Dulce Nombre, con el extremado afán de sobrevivir en el ánimo de ella por medio de la gratitud: como en vida procuró dejarle independencia y expansión, para merecer sus favores, pretendía desde la sepultura solicitarlos aún, seguir viviendo de una manera digna en la amada que jamás logró enteramente poseer, de la que nunca tuvo lo más codiciado y adorable en el amor. Le dispuso un cuantioso legado, sin traba ninguna, le aderezó con frases muy laudatorias a la paciente compañera, y aun llevó su magnanimidad hasta proteger de un modo considerable a Manuel Jesús en los acuerdos relativos al negocio cubano, haciendo constar que el mozo le había prestado en la joyería habanera servicios importantes, y que, por su honradez y provechosas gestiones, merecía del testador un trato cariñoso. No faltaban en este documento donativos a los pobres, mejoras para Luzmela, sufragios abundantes por el triste que se despedía con horrenda incertidumbre.

Porque el hombre mortal no conseguía desinteresarse de los bienes humanos, y a menudo una lumbre oscura de los ojos delataba su transitoria ambición por los dulcísimos goces imposibles.

En aquellas horas de codicia terrenal, vigilaba Malgor con paso de moribundo el semblante de su mujer, suponiendo que le contaba los días en espera del «otro», entregada a un acecho irresistible. Un frío interior le hacía temblar, su palidez se revestía de un tono gris que daba espanto, y aunque Dulce Nombre estuviese muy absorta en cuidarle, sin ninguna mala tentación, percibía sobre el enfermo el hálito de la «gran ciega» como un aviso piadoso de la futura libertad, y era cierto que entonces agrandaba los ojos, olvidados en la visión luminosa de la dicha.