—Y las amapolas—añade Florinda, pensando—, ¡flores de tragedia!... ¿No sabes?—dice de pronto al oir cómo pía el pájaro evocador—. He visto una codorniz.

—¡Quiá mujer!... Será un vencejo.

—Canta muy bien... ¿Oyes? ¡Si fuese una alondra!

—No, criatura; esas son más tardías y anidan en los trigales verdes; por aquí escasean.

Dió prisa la tía Dolores: ya iba el sol muy alto y pudiera la moza coger un «acaloro» no teniendo costumbre de andar a campo libre.

Retornando a la aldea, aún pregunta Mariflor:

—¿Es parienta nuestra la que gana tres reales?

—Algo prima de tu padre viene a ser; hermana de Felipa, pero ellas se apellidan Alonso. ¡Lástima que a esta pobre la inutilice el parto, ahora, para dos o tres días! Son buenas servicialas...

Allá flota el cobijo del pastor como abandonada bandera que ningún viento agita en el desierto pardo de la llanura; los esquilones del ganado tañen lentamente al compás del trajín, en algunas «aradas»; y las mujeres, todas viejas al parecer, todas tristes, anhelantes y presurosas, gobiernan el yugo al través de los terrazgos: queda el camino a veces atravesado por el vuelo de un ave.

—¿No lo ves? Son aviones—corrobora la anciana—; éstos son mansos como las golondrinas; vienen en la primavera y hacen el nido en los alares...