Ya en la linde de Valdecruces, Florinda, con las flores del brezo entre las manos, vuelve la mirada hacia el erial. Aquel primer paseo por el campo de Maragatería causa en la joven una impresión indefinible de angustia y desconsuelo.

Y aunque se reanima su fe con la memoria del divino Artífice «que pinta las flores y tiene cuenta con los pájaros», los dulces ojos, serenos como aurora otoñal, miran afligidos al horizonte.


VIII
LAS DUDAS DE UN APÓSTOL

A la sombra de la nublada frente, los ojos de don Miguel estaban tristes; retirado el sacerdote a su aposento, con las manos entre las rodillas y el busto inclinado en el «escañil», meditaba sin tregua.

¡Vaya un conflicto! ¡En buen hora la compasión y la amistad lleváronle a ser consejero y tutor de la familia Salvadores! Toda la solicitud con que él defendía los embrollados asuntos de esta pobre gente, no bastaba a prevenir su adversidad.