Las noticias de América eran harto desconsoladoras: el padre de Florinda, «el señor Martín»—según le llamaba el mismo don Miguel—encontró a su hermano Isidoro muy enfermo, y en manos ajenas el humilde negocio allí establecido, señuelo de la esperanza familiar, vorágine que sorbía cuanto la usura prestaba, con subido interés, sobre el menguado peculio de la tía Dolores.
Algún socorro llevó a ultramar el segundo emigrante: algo de lo que a duras penas salvara en el hogar costanero; mas la viril resolución del señor Martín, expatriándose con la pena de su reciente viudez y dejando a su hija en Valdecruces, parecía estéril ante la mala ventura que a todos alcanzaba desde la amarga paramera.
Ya el ausente maragato le escribía con sigilo al sacerdote, que juzgaba muy difícil levantar el caído negocio de América sin mucho más dinero del que llevó; hablaba también de Florinda con tristeza angustiosa y mostrábase impaciente por conocer el camino de las negociaciones matrimoniales entre ella y su primo Antonio. «A base de esa alianza—escribía—quizá fuera posible restaurar la hacienda de Valdecruces, pero yo quiero dejar a la muchacha en absoluta libertad para elegir marido: nada ambiciono para mí; por ella y por mi madre sufro; por este pobre enfermo y por sus hijos me afano». Y añadía: «Dime tus impresiones. Antonio irá para la fiesta Sacramental; creo que sigue muy encaprichado por la niña; sabe que está bien educada, que es hermosa, y, tanto él como su madre, desean lucir en la ciudad una mujer de buen porte y de finura. Mas yo no quiero engañar a mi sobrino; si llega la ocasión, hazle saber que perdí casi todo cuanto tenía en el tiempo en que negociamos la boda bajo la condición de someterla al gusto de la rapaza; el novio sabe que he delegado en ti todas mis atribuciones sobre el particular...»
Recordando la carta confidente, el cura se levantó inquieto y anduvo por la salita con aire absorto; había recibido otra esquela, y otra aún, que, distintas y semejantes a la vez, convergían al mismo punto: el matrimonio de Florinda.
El pretendiente de Valladolid escribía al párroco diciéndole que, «sabedor de la tutela que desempeñaba cerca de su prima, tenía el gusto de comunicarle su propósito de celebrar la boda aquel verano, aprovechando la ocasión de su viaje a Valdecruces «cuando las fiestas», puesto que sus muchas ocupaciones le impedirían volver, y ya era hora de tomar estado... Quedaba en espera del «sí» definitivo para los fines consiguientes...»
Y en el mismo correo, también con sobre al señor cura, una letra fina y nerviosa, clamaba de pronto:
«¿No te acuerdas de mí?... Considero imposible que me hayas olvidado, aunque nada contestas cuando van mis renglones a buscarte; soy aquel de las coplas y de las penas a quien tú exaltabas con elevados discursos a la orilla del mar, del mar mío que amaste y «sentiste» como un gran artista.
»De aquella amistad nuestra guardo yo recuerdos imborrables que ojalá perduren también en tu memoria; atisbos de tus antiguas confidencias, raras y profundas como las de un santo; reliquias inefables de la paz de tus ojos, de la ternura extraña de tu voz. Siento al través de nueve años de ausencia la codicia de un secreto que en tu alma soñé... No lo niegues; era un secreto «blanco» y triste (según decimos ahora) que en vano quise aprisionar en los moldes artificiosos de una fábula... Tú no hablaste nunca, y aquel misterio quedó en mi fantasía como intangible estela de visiones que no pueden cuajarse en una estrofa...
»Quizás haré mal en volver a ti con esta memoria por divisa; quizás te alarmo y «te escondo» al resucitar de improviso el agudo recuerdo de mis curiosidades; mi propia imprevisión te prueba la cordialidad de este impulso.
»Al regresar de Cuba hace dos años supe en Villanoble que habías terminado la carrera con mucha brillantez, y te escribí a tu pueblo; después te mandé mi último libro: no respondiste a mi reclamo. Ahora, una adorable letra de colegiala ha escrito para mí tu nombre, y esta providencial noticia tuya que recibo por tan dulce mensajero, me conmueve con el íntimo temblor de muchas ocultas emociones que despiertan y vibran, gozan y esperan...