»Si te asusta mi exordio, si te desplace esta indiscreta persecución psicológica y sentimental, juro en mi ánima acallar para siempre tales porfías inquiridoras; y aún le queda a este pobre artista el aspecto de entrañable amigo y de hombre sensible para quererte y admirarte mucho.

»Acógeme bajo esta fase de íntima fraternidad que antaño nos unió por encima de mis inquietudes y de tu reserva; óyeme con tu afable sonrisa de tolerancia: de mi corazón, que tú conoces de memoria, voy a mostrarte una página «inédita», que casi yo mismo ignoro.

»—Ya «te siento pensar» con reflexiva compasión:—¡Cree que está enamorado!...

»Tú sabes muchas leyendas de mis amores, y sonríes con incredulidad, al verme perseguir de buena fe otra dulce mentira... Nada profetizo, porque me he equivocado muchas veces; mas, honradamente te aseguro que si éste de hoy no es el «definitivo» amor... está muy cerca de serlo...»

No acertó el comunicante, suponiendo que el sacerdote hubiera sonreído en la lectura de esta carta. Aun recordándola ahora, palidecía ligeramente y plegaba con nueva incertidumbre el entrecejo. Ninguna personal zozobra le suscitó el escrito del poeta; a las particulares alusiones con que Rogelio Terán le saludaba, fuéle a don Miguel muy llano contestar con serena desenvoltura:

«Cumple ese espontáneo juramento y renuncia de una vez a tus pesquisas novelables; ni una mala copla podrías ensayar a cuenta de los «secretos blancos» que me atribuyes, y que sólo existen en tu imaginación.»

Mayores dificultades tuvo que vencer el cura para contestar al resto de la carta, donde el artista, en pleno asunto de novela, contaba con lírico entusiasmo la despedida y el encuentro, origen «aquella nueva página de un corazón». Desde el sueño de la hermosura sorprendido en el viaje, hasta el adiós penoso en el andén astorgano, toda la historia linda y triste pasaba lo mismo que una centella por los enamorados renglones. Y don Miguel, ingenuamente conmovido por aquella relación fervorosa y rara, hallóse lejos de sonreir; repercutían en su espíritu con singulares ecos las exaltaciones generosas reveladas en aquel párrafo:

«... Esta niña tan llena de atractivos, que merece llamarse María y llamarse Flor, me ha mirado con deleite y ternura en dulcísimo abandono de su alma, y dejándome vivir como un sonámbulo a orilla de la hermosa realidad, hundióse en desierto camino paramés, al lado de una vieja lamentable y torpe, con rumbo sabe Dios a cuántas amarguras...»

—¡Sabe Dios a cuántas!—repetía el sacerdote, saturándose en el latente aroma de caridad vertido de la pluma del poeta.

Delatada por el santo perfume, la pura doctrina de un noble corazón daba su fruto en estas otras frases: