«Yo sé que esa pobre familia te aprecia como confidente y amigo de su más íntima confianza; que ponen en tus manos sus asuntos y proyectos, y que entre Mariflor y un primo suyo median planes de boda no sancionados aún completamente. ¿Quieres hablarme de estos propósitos? ¿Quieres decirme si dañaré los intereses de la muchacha yendo a solazarme con su presencia al amparo de tu amistad? Siento la violenta tentación de volverla a ver.—¿Con qué intenciones?—me preguntas—. Yo mismo las ignoro en definitiva; desde luego con las de hacerle todo el bien posible, y ni una sombra de mal siquiera.»
Al llegar mentalmente a este punto de la lectura, todos los días repetida de memoria, el párroco de Valdecruces hizo una pausa en su agitado raciocinio, acodóse en el tosco rastel del antepecho y encendió con lentitud un cigarro.
A espaldas del fumador aposentábase la sombra en la modesta salita, diseñando apenas el perfil de un pupitre y de un sillón y el contorno de unos altos escabeles. Fuera, se amortecía bajo el crepúsculo un huertecillo, cuyas legumbres posaban pálido tapiz de verdura sobre el color ocre de la tierra, y en la apacible lontananza del erial tenía la muerte de la tarde una serenidad purísima.
Paseó don Miguel sus claros ojos por el asombrado huerto, por el deleznable caserío asignado entre calzadas y rúas silenciosas, y los clavó después en el lueñe horizonte, allí donde sangraba la agonía de un magnífico sol de mayo, en la serena curva del cielo azul: evocaba el sacerdote aquel momento en que acudiera Mariflor a su llamada para responder con claridad a dos trascendentales preguntas:—¿Quería a su primo por esposo?
—No, señor—dijo rotundamente la moza sin asomo de vacilaciones.
—¿Y a Rogelio Terán?
Aquí, una súbita sorpresa tiñó de grana el semblante de Florinda, la cual bajó los ojos, torció nerviosa el pico del pañuelo y exclamó lo mismo que la heroína de Campoamor:
—«Cómo sabe usted?...»
Aunque el cura de esta dolora no era «un viejo», para él tuvo la niña «el pecho de cristal», como en la fábula; y apenas dejó traslucir los amorosos afanes, tuvo también la palabra expedita para defender sus preferencias y los libres fueros de su corazón. Ya para entonces habíase mostrado transparente como el pecho, el cristal de unos ojos que miraban al párroco de hito en hito, y en los cuales fulgía la esperanza como un rayo de luna sobre el mar.