Sintióse conmovido el sacerdote en la contemplación de aquella moza que miraba de frente como él, sin duda porque tenía muchas cosas buenas que decir con los ojos oscuros y anhelantes. Y al cabo de innumerables observaciones y temperamentos, se convino en la plática, requeridora una triple resolución: escribir al padre el fiel relato de la amorosa cuita; tratar con el primo, sólo verbalmente, «del asunto», sin corroborarle entretanto promesa alguna de matrimonio; y responder a Terán «en la forma que el señor cura lo creyera discreto», dando margen a las ilusiones que la niña compartía con el poeta.

Así, Mariflor y don Miguel se propusieron en amigable complicidad servir a los corazones y a los intereses, con un sentimiento doblemente caritativo por parte del sacerdote; avaro y generoso a la vez, en el espíritu ferviente de la enamorada.

—Yo misma—concluyó por decir aquella tarde—explicaré a Antonio este verano los motivos de mi negativa y le pediré la protección de su fortuna para la abuela. Si es bueno y es rico, tanto como dicen, ¿ha de negarse a salvarnos a todos? Cuanto más que yo no pretendo que nos regale nada; bastará que nos preste sin usura...

Y como don Miguel acogiera en silencio el vehemente propósito, añadió la muchacha con vivísima zozobra:

—¿Cree usted muy difícil un milagro?

—Según y conforme...

—Es que yo le he prometido a Olalla hacer uno, con la ayuda de Dios, para librar la hacienda de abuelita.

—¿Y será a base de lo que Antonio te conceda y tú le niegues?

—¡Eso mismo! ¿Le parece a usted imposible de lograr?

—¡Oh transparente corazón de mujer—meditó el cura sonriendo—. ¡Mezcla humanísima de egoísmo y caridad, de obstinación y de ternura!... En fin—dijo sentencioso—: la fe mueve las montañas... Para Dios no hay imposibles...