Las últimas palabras del sacerdote extendieron por el dulce rostro de la niña una expresión de singular confianza. Así, férvida y creyente, se había despedido Mariflor en aquella entrevista.

Desde el mismo barandaje donde el cura se apoya, la vió cruzar el huerto y salir a la penumbra del camino en el preciso instante en que pasaba Rosicler balanceando su chivata de pastor al compás de una copla.

Se saludaron los dos mozos bajo las alas de la brisa, mientras el paisaje se quedaba dormido en la mansedumbre de la noche y florecía en astros el profundo cielo. Y cuando ambas siluetas se dibujaron levemente, ya separadas en la oscuridad, la canción de Rosicler vibró engreída, dejando en el aire una letra de boda, el jirón de un romance popular que pregonaba:

«Mira, niña, lo que haces,

mira lo que vas a hacer,
que el cordón de oro torcido
no se vuelve a destorcer...»

Trovó un pájaro en su última ronda por el huerto, rodó en las nubes una estrella rubia, y don Miguel sintió los ojos turbios de lágrimas, quizá nacidas de la melancolía de la hora, o de aquel recuerdo «blanco y triste» mentado por el poeta, removido por los acentos de la copla, por la visión juvenil de la niña y el zagal...

En este otro crepúsculo, tan espléndido como aquél, la honda meditación del señor cura tiene cambiantes y matices como la piedra ónice, y el relámpago de alguna sonrisa aclara a veces el frunce del entrecejo en la frente del apóstol. El cual, como si hallase súbito remedio a una de sus perplejidades, arroja por el balcón la punta apagada de su cigarro, y asomándose a la puerta de la salita, llama de pronto:

—¡Ascensión!... ¿puedes venir?

—Voy ahora mismo—responde en el fondo de la casa un agudo acento de mujer. Y una moza acude en seguida, diciendo al entrar: