—¿Enciendo luz?
—Todavía no. Te quería preguntar si conseguiste que Marinela Salvadores te confiase aquel secreto que tú adivinabas.
—Y acerté, mismamente.
—Vamos a ver: ya sabes que no me impulsa la curiosidad a estas averiguaciones en que tú me ayudas: quiero el bien de la rapaza; curar esa dolencia, esa misteriosa pesadumbre que nadie conocía... ¿Qué tiene, en fin?
—Tiene... vocación de monja.
—¿Así, en firme, de verdad?—exclama absorto el párroco.
—De verdad, tío. Si no entra clarisa, se comalece.
—Pero, ¿de qué le ha quedado eso?
—De que un día fuimos juntas a Astorga y llevamos de parte de usted un mandado para la madre abadesa: fué en el mes de abril...
La muchacha se sienta en un escabel, y el cura, reclinándose en otro, cerca de la sobrina, escucha con atención, ya bien entrado en el aposento el silencioso temblor de la noche.