—Fué en el mes de abril—repite Ascensión después de una pausa, dando mucho alcance a su confidencia—. Con la madre Rosario salió al locutorio una novicia a quien yo conocí en la Normal de Oviedo. Nos dijo que estaba muy gozosa en la clausura, que tenían un jardín precioso donde cultivaban flores para la Virgen, y que se disfrutaba un deleite divino en aquella vida. Marinela, que no habló una palabra, salió de allí tocada de la vocación como por milagro, y desde entonces conozco que se muere por ser monja.
—Pero, ¿y la dote?—prorrumpe don Miguel con impaciencia.
—Por eso la zagala padece; hoy me ha confesado sus pesares al volver de Piedralbina: ni por soñación espera conseguir los dineros para entrar en Santa Clara... ¡y llora tanto!
—¿Y por qué ha de ser en Santa Clara precisamente? Si tiene verdadera vocación religiosa, bien puede buscar otro convento donde no necesite llevar mil duros por delante.
—Ya se lo he dicho yo; pero ella quiere en ese, en ese nada más. ¡Usan las monjas un traje tan precioso, todo blanco! Y se dedican a plegar la ropa de los altares, a hacer dulces y labores; ¡cosas finas y santas!
—Sí—replica el cura remedando el tonillo alabancioso de la moza—, y a practicar ayunos y vigilias, penitencias y sacrificios.
Tras un breve silencio, Ascensión añade con tenue ironía:
—En su casa ayuna Marinela y vive sacrificada... Ser clarisa es destino envidiable.
—¿También para ti?