—¡Yo, como tengo dote y haré buena boda!

—Porque Máximo tiene dinero, ¿no?

—¡Claro está! Pero Olalla y Marinela no han de casarse: todo el mundo dice que la tía Dolores ha perdido el caudal.

—¿De manera que te parece envidiable el destino de monja para esa niña, porque no tiene un céntimo?

—Ya ve... Estar a la sombra en un claustro hermoso, vestida de azucena, cuidando un jardín para la Virgen, ganando el cielo entre oraciones y suspiros... es mucha mejor suerte que trabajar la mies como una mula para comer el pan negro y escaso, y envejecer en la flor de la mocedad: yo que Marinela, también entraba clarisa.

—Pero, criatura y ¿la dote? ¿No ves que si ahora le diesen veinte mil reales a Marinela para profesar en Santa Clara, lo mismo le servían para casarse? Menos tienes tú y sólo por lo que tienes vas a hacer una «buena boda», según dices: la pobreza no justifica la vocación religiosa en este caso, y más vale así, aunque sea imposible realizar los deseos de tu amiga.

Ascensión, la maestra elemental, sobrina del señor cura, no enrojece al sentirse envuelta en tan desnudos comentarios, sino que, reflexiva y avisada, advierte a la sapiencia y lógica de su tío:

—Repare que muchos prelados reciben herencias para dotar a las novicias pobres, pero nunca para dotar a las novias... Hay devotos ricos que protegen con grande caridad las vocaciones religiosas; hay plazas de favor en los conventos; y, en un caso de apuro, no teniendo una mujer nada más que la tierra abajo y el cielo arriba... menos difícil me parece entrar en la clausura con el hábito que entrar en la parroquia con el novio... ¿No es verdad?

La pregunta, certera y amarga, hiende como un dardo la sombra, y el sacerdote álzase al recibirla y se lleva la mano al pecho igual que si le sintiese herido.