Suspira sin responder, da unos pasos a tientas por la estancia y, de pronto, se dirige hacia el balcón, donde acaba de asomarse la luna bajo un pálido velo de niebla.

—¿Enciendo luz?—vuelve a preguntar la moza, dando por concluído el interrogatorio.

Y con grave intención, que ella no comprende, el párroco de Valdecruces avanza en la oscuridad hacia el claror divino y, señalando al cielo, responde:

—Deja que ésta me alumbre...


IX
¡SALVE, MARAGATA!