AQUEL jinete que cruzaba la estepa en un mulo, a pleno sol, vagoroso y audaz, con aires de aventura, parecía, de lejos, Don Quijote; cenceño, flexible, impaciente, exploraba los horizontes y caminos ensoñando quimeras, igual que el caballero de la Triste Figura. Un pobre Sancho de a pie le acompañaba, ni gordo ni contento, alquilado en Astorga a la par del mulo; no iban de palique el criado y el señor, como sucede en las novelas, donde un hidalgo curioso cabalga por país desconocido a la vera de un guía, y todo se le vuelve al intruso preguntar al indígena por esto, por lo otro y por lo de más allá.

Este espolique de ahora no era muy explícito que digamos: corto de palabras y largo de piernas, quizá pretendiese economizar en saliva lo que derrochaba en pasos, y así holgaba su boca mientras sudaban sus pies.

Tampoco las preguntas del caballero parecían a propósito para quebrantar la pasiva reserva del peón: interrogaba aquél, confusamente, sobre agricultura, historia, costumbres y privilegios de la tierra, y el pobre maragato encogíase de hombros bajo su parda almilla, con ruda perplejidad.

—Aquí, de agricultura—supo al fin responder—, pues... el centeno; de costumbres... nacer, emigrar, morirse, ¡como en todas partes! De historia... los cuentos de las viejas, patrañas de godos y romanos... ¡vaya usté a averiguar! y de eso otro que usted dice... ¡diájule! non lo oí mentar nunca...

Era el espolique un hombre, tosco por su innata rudeza, condenado a servidumbre, que a la sazón padecía en una posada de la capital.

El andante caballero, visto de cerca, había trocado el yelmo de Mambrino por un jipi, y la célebre lanza por un vástago de roble; llevaba un maletín a la grupa, finos guantes en contacto con las bridas, y áureos lentes sobre los ojos azules; era joven y parecía feliz.

Según iba creciendo la mañana, aparecíase, bajo la fuerza del sol, más vasto el erial, más estéril y solitario. Caía la luz con arrogancia, en toda la plenitud del mes de junio, y extendía el purísimo celaje su amplia curva sobre la planicie con una majestad acogedora, llena de resplandores. Los cascos de la caballería alzaban un eco sordo al herir el camino polvoriento, y en la orilla de tímidos bancales algunos brezos violados desfallecían de sed y de tristeza.

Cansado ya el viajero de pretender la esquiva conversación del espolique, iba poblando de visiones y recuerdos aquella muda soledad. Comenzó por discurrir, con acalorada fantasía, si a tales senderos confusos, todos aridez y desolación, haría referencia aquel fiero relato de una lucha terrible en que el godo Teodorico destruyó las tropas del rey suevo, Rechiario, en las llanuras parámicas, un célebre día 3, antes de las Nonas de octubre... Apenas evocada esta bárbara memoria, un nuevo relámpago de la imaginación encendía delante del viajero las recordaciones caballerescas de cierto famosísimo hecho de armas que en el siglo XV tuvo lugar a la orilla del Camino francés, en el ancho país de «los pueblos olvidados».

Y ya no eran indómitas mesnadas las que en sangrientas imágenes cruzaron la llanura en torno del jinete soñador: los más bizarros adalides de la Edad Media, en marcial apostura de torneo, acudían ahora a las brillantes justas del Paso honroso, mantenidas por Suero de Quiñones y otros nueve gentiles caballeros; hasta sesenta y ocho de lejanos reinos y ciudades sorprendieron con el trote bravo de sus corceles el silencio profundo de la estepa, codiciando un puesto en la peregrina lid, donde los defensores se proponían correr trescientas lanzas, rompidas por el asta con fierros de Milán...

Un caliente arrebato de bravura agitó el renuevo de roble en las ancas del mulo; dió la bestia un respingo cobarde, y el viajero creyóse transportado a la famosa liza sobre las relucientes crines de un potro andaluz. Le enardecieron con singulares bríos los sones de aguda trompetería en tono rasgado para romper en batalla, y vislumbró en el marco de la insigne fiesta la hermosura exquisita de doña Inés, doña Beatriz y doña Sol: iban a rescatar sus guantes empeñados por la galantería de los combatientes.