De pronto una imagen viva, cándida y humilde, alzó en el polvo del camino su miserable silueta; llevóse el visionario la mano al jipi con rendimiento cortés, y una pobre maragata, cabalgadora en lenta burra, pasó con los ojos bajos, murmurando apenas:
—Buenos días.
Al tímido rumor de tal saludo quedó roto el encanto del caballero, el cual en aquel mismo instante imaginaba descubrirse ante doña Mencía, la celebrada esposa de don Gonzalo Ruiz de la Vega, dama ilustre cuyo guante había de rescatar en el Paso honroso el conde de Benavente...
Suspiró Don Quijote, sonriendo; volvió en torno suyo la mirada y quedó atónito, como sobrecogido por la austeridad infinita del paisaje: ni una nube corría por el cielo, ni un átomo de vida palpitaba en el llano. La tierra infecunda se resquebrajaba a trechos, rugosa y amarilla como el cadáver de una madre vieja en cuyo rostro las lágrimas dejaron surcos hondos y fríos.
Al roce súbito de aquella trágica impresión, la fantasía del ecuestre viajero volvió a encresparse lo mismo que una ola, y tornaron a poblar la gris llanura un tropel de personajes, surgentes de leyendas y becerros, códices y archivos; desfilaban en la más pintoresca de las confusiones; algunos tan despacio como si les adormeciese el son remoto de antiguos cantares. Mezcláronse las preces sordas de una bárbara religión primitiva con los salmos rudos del pueblo romano y con las cristianas oraciones de aquellos devotos que, viviendo en la tierra la Madre del Salvador, le mandaron desde Astorga un mensaje verbal a Palestina... La figura pálida y lastimera del «Rey Monje», iba, con los ojos vacíos y los hábitos en túrdigas, arrastrando su pesadumbre junto al brutal perjeño del rey Mauregato, legislador en fabuloso tributo de las cien doncellas. Después, en la desnuda lejanía, se perfiló el fantástico ejército que en vísperas de la batalla de las Navas acudió a las puertas del monasterio de San Isidoro, en la ciudad de León, a llamar con recios golpes: capitaneaban la hueste romancesca el Conde Fernán González y el Cid, buscando en su sepulcro al rey Fernando I para que asistiese con ellos al combate... A la par de estas visiones legendarias, amacos, asturicenses, celtas, iberos y romanos, judíos y moros, surgían en quimérico rolde, edificando y destruyendo con febril ansiedad. Augusto, Vespasiano, Teodorico, Witiza, Tarik, Almanzor, una apretada nube de conquistadores y vencidos posaba su ambición y su ideal en los solares rotos, hundiendo bajo la tierra lanzas y semillas, regándola con lágrimas y con sudores. Mas el yermo, silencioso, inmutable como la eternidad, no sintió la herida de los hierros ni la amargura de los llantos; no fecundó una sola grana de simiente ni ablandó su dureza con el sudor de las audaces generaciones. Sin amansar su esquivez ni merecerle una sonrisa, le anduvieron de hinojos ilustres obispos y fervientes misioneros; rudo campo de penitencia donde sólo florecían sacrificios y austeridades, le santificaron legiones de creyentes en pos de anacoretas y de apóstoles: Jenadio, Fructuoso, Valerio, Froilán, Domingo (aquel que se llamó de la Calzada, porque ayudó a labrar con sus manos el Camino francés), santos eran que en el «desierto» de León y de Castilla, con abundantes compañeros y discípulos, clavaron la Cruz y la oración en gloriosa campaña espiritual. Y ¿no hubo, entre tantos amores, heroísmos y proezas, bastante calor humano para dar vida a los eriales solariegos, para resucitar la muerta llanura?... ¿Cuántos siglos yacía yerto, insensible como un cadáver, el pobre suelo, hendido igual que un viejo rostro donde el llanto labró surcos?... ¿Qué pretéritas edades, qué desconocidas criaturas le sintieron latir rico y preñado como fecunda tierra del corazón de una patria?...
¡Eran éstas demasiadas interrogaciones! Aunque el viajero había refrescado sus memorias y lecturas antes de ponerse en camino, ya le faltaban a su mental soliloquio documentos y recursos para discutir las causas de aquella perpetua desolación. Quiso hurtar el fatigado pensamiento a la sutil y complicada red de tales raciocinios, pero su noble conciencia de hidalgo y de patriota le acusó de un tanto de culpa en el abandono y la ingratitud que lamentaba sobre el muerto camino. ¿Quién mejor que un poeta para abrir a las modernas corrientes de cultura y piedad un ancho cauce, y fundir en mieses de oro las entrañas estériles del páramo?
Alzó el jinete la juvenil cabeza con arrogante impulso, y posó la caricia de sus ojos azules sobre los escobajos del sendero: quería enamorarse de aquel vago propósito que de repente le asaltaba; sentir fuerte y grande el entusiasmo por la liberación de aquella tierra, solar de una raza insigne, testigo y campo de una historia inmortal, madre eternamente condenada a la esclavitud de la miseria en el mismo seno de su floreciente nación.
Que era empresa de locos aquel sueño, le decía al hidalgo su prudente egoísmo. Pero las ansiedades del artista y las inquietudes del quijote respondieron al punto: ¿Acaso con la pluma no tiene una palanca invencible cada escritor moderno?... ¿No son ahora el libro y el periódico los vencedores propagandistas de la idea?...
El mulo se había parado: lanzó un sordo relincho; olfateaba, y tenía en los belfos una ligera espuma.