—¿Qué le sucede?—preguntó el caballero mientras arreaba el espolique.

—Le desazona el secaño—respondió el aludido parcamente.

Y a la sola noticia de que el animal tenía sed, cambiaron de rumbo los pensamientos del poeta: sintió el desamparo de la ruta con una sensación de punzante disgusto; un antojo violento de agua viva, de agua corriente y bienhechora, le secó las fauces y le enardeció la frente. Desconcertado y pesaroso, escudriñó la monotonía de los horizontes con la angustia del náufrago que persigue una vela salvadora en las desiertas lontananzas del mar. Pero en la vibrante luz ni las alas de un insecto se mecían; hasta el aire parecía dormido en la llanura, y la llama del sol, derramando su lumbre en el erial, semejaba una lámpara encendida sobre enorme sepulcro.

En vano buscó el jinete algún semblante amigo donde poner con beatitud la mirada, sedienta de piedad; por toda respuesta a tan ávida pesquisa, dió el implacable suelo una gris vegetación de cardos marchitos y de rastreras gatuñas.

Entonces al poeta le asaltaron enjambres de visiones fugitivas: cortes y ejércitos, potentados y magnates, artistas y labradores, huían hacia los valles, hacia los ríos y las costas; buscaban la dulzura de los bosques y la riqueza de las mieses. Los reyes castellanos, Ordoños y Bermudos, Urracas y Berenguelas, Fernandos y Alfonsos, sentían en la pujanza de su corona temblar el espanto del yermo como un trágico soplo de muerte y exterminio. Y por fin abdicaba—con el abandono y la expatriación—su omnímodo poder sobre la estepa aquel noble señor de diez mil vasallos, siete villas y ochenta y tres pueblos, Alvar Pérez Osorio, marqués de Astorga, alférez mayor del Rey, mantenedor valiente de la bendita Seña en la batalla de Clavijo, el que a los veintiséis títulos de sus blasones unió la singular grandeza de poderse llamar «Señor del Páramo»... La solariega casa de Osorio, descendiente de emperadores orientales, prima de reyes, madre de los condados de Altamira, de Luna, de Guzmán, de León, de Trastamara y de Cabrera, raíz y origen de los más puros abolengos españoles, árbitra de las libertades de Castilla, levantó su hidalgo señorío de los cabezos del erial, y olvidando la aspereza de tal cuna, indómita y fuerte como el destino, huyó también a refugiarse en más hospitalario país...

Allá lejos, donde el cielo y la tierra parecen confundidos en infinita comunión de inmensidades, aparecióse un punto blanco. Viéndole flamear distintamente, veloz en el aire con arrogancia majestuosa, murmuraba el quijote «modernista» en la embriaguez de sus evagaciones:

—¿Será el lienzo de un barco?... ¿Será la bandera de Clavijo?...

Historia, fantasía y leyenda, bailaban, locas de remate, bajo la frente rubia del mozo soñador; preso en la terrible pesadilla del llano, confundido entre realidades y quimeras, sentía vagamente la sombra del ensueño, el cansancio del viaje y la amargura del lugar. Quiso vencer aquel estado de modorra, sacudir el delirio y la fatiga; hizo al cabo un esfuerzo para recobrar su aplomo, y advirtió, al conseguirlo, que tenía hambre y que le dolía un poco la cabeza. Miró el reloj: iban a dar las once. Había salido de Astorga con muy ligero desayuno, y el camino y el sol estimulaban ahora sus buenas disposiciones para el almuerzo.

—¿Qué se ve allí?—preguntó al guía, señalando la única mancha del horizonte.