—Es la cigüeña—dijo el maragato, y añadió—: Ya no está lejos Valdecruces.
—Ni lienzo navegante, ni enseña heroica—pensó el joven, burlándose de su visionaria turbación—; son unas alas potentes; por su destino libres, cautivas por su fidelidad.
Y quedóse el viajero sumergido en regalada laxitud, en el sedante baño de poesía que la contemplación del ave le brindaba.
Todo era manso y fuerte en la vida singular del enorme pájaro: la reciedumbre de su nido, centenario a veces, puesto en la torre parroquial debajo de la Cruz, en el apacible corazón de las aldeas; la ternura delicadísima para con los hijuelos; aquella gracia seria y noble con que vigila las sembraduras y convive entre los campesinos; la rara y firme condición de su boda sexual para toda la vida; de su vuelta al mismo terruño para todos los años, y la reposada actitud de la figura, el paso y el vuelo, que componen armoniosa grandeza con el matiz austero del paisaje... Cuanto del animal amigo de los hombres pudo enaltecer el curioso viajero, parecióle conmovedor y simbólico.
—Una maragata y una cigüeña me han «hecho los honores» del páramo—meditó, engolfándose en la repentina emoción.
En aquel momento la breve caravana, doblando una ligera loma, alcanzó al ave, quieta en el camino; tenía el largo cuello ondulante, y el pico un poco inclinado hacia la tierra; miraba pensativa los áridos terrones, como la mujer que al paso del caballero musitó humildemente: «buenos días». Y siguió esperando, inmóvil en su habitual postura de meditación y reposo, hasta que llegaron los caminantes: alzó entonces lentamente sus ojillos de indefinible color, pardos y cenicientos igual que la estepa; dió algunos pasos con dignidad y compostura, erguido el cuerpo, mesurado el ademán, y abrió, por fin, las espléndidas alas con un vuelo fácil y gracioso, desapareciendo del horizonte en majestuosas espirales.
No tuvo tiempo el poeta para glosar con sus admiraciones tan peregrino espectáculo, porque al rendir la imperceptible cumbre, mostró el duro sendero repetidas señales de dulzura.
Se alzaba un poco en aquel sitio y por él descendían las tierras en suaves ondulaciones, amansadas y humildes, con recientes señales de cultivo y amigables surcos de senderos.
A preguntas curiosas del jinete dijo el peatón que allí empezaba la mies de Valdecruces, y que aquellos «bagos» ya tenían hecha la tercera labor para recibir la simiente «en la semana de los Remedios», al nacer el otoño.
Y acosado por nuevas preguntas, explicó el maragato cómo la pobreza del país no permitía cosechar anualmente en los mismos terrenos, y así quedaban en fuelga los unos mientras fructificaban los otros.