—Éstas—añadió en el tecnicismo agrícola del país—estuvieron «de aramio» siete meses.
Y señalaba las glebas recién movidas junto a los profundos roderones del espacioso camino. El cual iba estrechándose con la disimulada lentitud de un prisionero que al evadirse quiere ocultar su prisa y su esperanza. De ambos afanes pudiera suspirar el triste fugitivo del barbecho, buscando la ilusión de una mies, la gracia bienhechora de un arroyo y el caliente regazo de una aldea.
Y esta sorda inquietud que parecía latir en la pálida ruta, comunicóse a los viajeros con impaciencia viva, sin excepción del mulo, apresurado ahora, olfateador y relinchante por demás. Habían torcido su rumbo por la estepa, a indicaciones del caballero, que la quiso recorrer toda, y entraban en Valdecruces por un transitorio vergel de centenos maduros.
Pocos pasos adelante, columbró ya el jinete la verdosa masa de hojas y de espigas, un imprevisto oasis que, acosado de cerca por el erial, parecía surgir inseguro y tembloroso como un atrevimiento de furtivo amor hacia la esquiva ingratitud.
Pasó un hálito caliente de primavera sobre el áspero dorso de la llanura, y las espigas estalladas exhalaron dulcísimo perfume.
Comenzaban a palidecer las anchas hojas lineales en torno al granado fruto, muertas ya las sutiles flores en el raquis henchido. Pero aún flotaba en el ambiente esa especie de niebla azul, producida por aromas y glumas de la flor.
Hundiéndose de pronto el forastero en tan inesperado paraíso, imaginó escuchar una plegaria vehemente y armoniosa en el rumor de aquel vaivén de espigas, verdes y rubias, con degradaciones de admirables tonos.
Fuera ya del camino central, guiaba el espolique por las honduras de un sendero, delicadísima estela de los crecidos centeneles, agitados con inquietud de marejada. Latía el perfume como un aliento en torno del jinete, y se asomaban al horizonte, más visibles que en el transcurso del viaje, los bravos picos del Teleno y Fuencebadón.
Bien sabía el poeta que la maravilla sorprendente de aquella mies, rescatada al páramo como botín de durísimo combate, era obra y tormento de la mujer maragata; que bajo aquel fugitivo mar de espigas naufragaban oscuramente la juventud y la belleza de unas abandonadas criaturas, por débiles tenidas en el mundo; que ni la heroica satisfacción del noble sacrificio acompañaba en su naufragio a las infelices cautivas de la tierra, del instinto y la ignorancia. ¡Y era el hondo caudal de su ternura, inconsciente, la única fuerza humana bastante poderosa para hacer vivir y fructificar los indomables terrones del yermo!