En la hidalga paramera de León, solar de los más castizos de la raza, teatro y reliquia de inmortales memorias, duerme el pueblo maragato, incógnito y oscuro, desprendido con misterioso origen de una remota progenie. Siglos enteros supervivió a la desolación de los eriales, solitario en toda la integridad de su rara pureza, embarrancando en la llanura como un pobre navío que encalla y se sumerge, y al cual se abandona y olvida en el turbulento mar de la civilización. Pero, al fin, en la tragedia de este «buque fantasma» se salvaron los fuertes. Más duros los códigos en los mares de tierra que los que rigen en los mares de agua, consintieron que en las bárbaras olas del erial se quedasen cautivos para siempre las mujeres y los niños, mientras los hombres útiles pedían remolque a la vida del progreso para explotar sus riberas. Y las pobres maragatas se encontraron solas, condenadas a no extinguirse nunca, porque los maridos arribaban a menudo hasta la callada flota que extendieron por el llano estas graves mujeres de Maragatería: acuden ellos potentes y germinadores a imponer como un tributo la propagación de la especie, a dejar la semilla de la casta en las entrañas fecundas de unas hembras, tan capaces, que hasta en el páramo cruel han producido flores...
Así discurría con ansia y pesadumbre el andante poeta, enervado por la fragancia de los centenos, peregrino entre las espigas que palpitaban con dulce temblor.
Sentía el mozo levantarse otra vez su inquieta voluntad con el generoso estímulo de las redenciones. Si era una locura soñar con la liberación del yermo, no lo era tanto apetecer la de aquellas mujeres miserables. Y, si aun este propósito fuese desmesurado para acometido por un corazón, un estro y una pluma, le quedaba al artista la certidumbre de poder esgrimir con gloria aquellas nobles armas, para rescatar del mar de tierra, libre y dichosa, a una sola mujer.
A cada paso del mulo tomaba más cuerpo esta ilusión en los bizarros sentimientos del joven.
Si acaso a Valdecruces le empujaban—seguía meditando—la curiosidad y el antojo, sobre aquellos humanos impulsos labraría con arte y con misericordia el cauce de ternura por donde corriese el definitivo amor a formar un sereno remanso.
Ráfagas de ocultos fervores le sacudían, enardecido y ambicioso, con las manos trémulas de fiebre, la memoria llena de secretos y el porvenir cuajado de esperanzas. Todas sus emociones del camino se condensaron, vibrantes, en aquella última; de cuantas quimeras y memorias le acompañaron hasta allí, sólo quedaba en su imaginación, como cifra y símbolo, una bella figura de mujer: adornábase con un traje regional, acaso descendiente de góticos briales o de gentiles paños morunos; tenía dulce el rostro como la ilusión del viajero, y el alma heroica lo mismo que la raza leonesa.
Reinó esta solitaria imagen como dueña absoluta de tantos pensamientos impacientes, cuando, ya surcada la mies, se acercó en el paisaje la arcillosa giba del caserío y una mansa barbechera corrió a confundirse con las rúas del pueblo.
En la primera de las cuales se extendía ancho lugar, parecido a una plaza, decorado en medio con una fuente. Al borde del pilón una mujer aguardaba que su cántaro se llenase. Iba compuesta al uso del país, de mucha gala, sin duda por ser domingo, y parecía absorta en la contemplación de la corriente.
A este sitio llegaban los viajeros cuando, desde muy cerca, un toque grave de campana avisó en la parroquia el mediodía.
Descubrióse el espolique para rezar las oportunas oraciones y le imitó el caballero, distraído. Mas de pronto, al encontrar junto la fuente, viva y hermosa la imagen de sus recientes pensamientos, adelantóse hacia ella enajenado y feliz.