La sorprendida aguadora levantó su mirada y le brillaron los ojos como topacios al llenarse de luz; era una mozuela pálida y triste, de agraciada figura. Advertida por el aviso parroquial, iba a santiguarse, cuando apareció el forastero y, mirándole con ébria admiración, trazó aturdidamente la señal de la cruz.
En la boca del jarro, ahito, rió entonces el agua cantarina, vertiéndose con dulce murmullo, mientras Rogelio Terán y de la Hoz, hidalgo montañés, novelista romántico, poeta lírico, hombre sentimental, mozo gentil, con el jipi en la diestra, declamó reverente:
—¡Salve, oh maragata, augusta Señora del Páramo, salve!
Con lo cual la aludida, escandalizada ante una oración nueva, no escuchada jamás, tuvo al viajero por hereje o por loco; le envolvió un instante en la mirada de sus ojos verdes y profundos, y abandonando el cantarillo, echó a correr con las mejillas pintadas de arrebol.
Aún resonaba la fuga de aquellos pies menudos en la calzada vecina, cuando el desairado galán sintió con repentinos apremios el aguijón del hambre, y más sensible la pesadez del dolor de cabeza. Pero en atravesando la plaza ya le ofreció el reparo apetecido la casita del cura, puesta con vigilante devoción enfrente de la iglesia.
Mudo estaba el lugar, como deshabitado y misterioso. La campana piadosa había cesado de tañer y la cigüeña asomaba sus alas extendidas en la torre, protegiendo el nido debajo de la cruz.
Dió el maragato dos recios golpes en el conocido portal de don Miguel, y bajo el tejaroz de la parroquia volaron con alarma unos vencejos...