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EL FORASTERO

CUANDO llegó a su casa Marinela, jadeante y medrosa, desde el fondo de la cocina donde la esperaban para comer auguró la madre:

—Esa coitada rompió el cántaro de fijo.

Aguardaron todos en muda expectación a que la niña explicase aquel azoramiento de su vuelta.

—No rompí el jarro—murmuró ella con timidez—; es que vide a un señor rezándome, a mí misma, una salve trabucada, tal que si yo fuera la Virgen... Venía de viaje; está demoniado o es judío.

—¿Onde fué eso?—preguntó Olalla con asombro mientras los rapaces corrían a la puerta, y Mariflor iniciaba también un movimiento de curiosidad.

—A orilla de la fuente—dijo la aguadora, tomando otra vez el camino detrás de su prima y de su hermana.