La tía Dolores no pareció enterarse de la novedad, entretenida con encender fuyacos en el rescoldo mantenido por las brasas de un tueco. Y Ramona, cortando lentamente raciones de la hogaza morena, rezongó aburrida:

—¡Cuántos parajismos!

Ni en la calle silenciosa, caldeada por el flamear del sol, ni en la plaza desierta, vieron los averiguadores rastro alguno del misterioso forastero. El cantarillo, en colmo, seguía derramando el agua riente, que al borbollar ahora, parecía esconder en sus cándidas modulaciones un acento de burla.

—Tú soñaste, rapaza—le dijeron los curiosos a la pobre Marinela.

—No soñé—afirmó la niña con mucha seguridad, aún palpitantes de admiración los profundos ojos.

—¿Era joven?—aludió Florinda con aire distraído.

—Mozo y galán; montaba un mulo alto como el nuestro; traía paje y fardel.

—¿Por el camino de Astorga?

La maragata levantó los hombros un poco insegura.

—Creo—dijo—que venía por la mies... no sé de dónde.