Y sus pupilas, cambiantes como las piedras preciosas, adquirieron vagos colores de turquesa.
Olalla, portadora del cántaro, adelantábase con los niños, y Mariflor, enlazando a su prima por la cintura, preguntaba todavía con afán:
—¿Era rubio y usaba lentes?
—De eso no me acuerdo—balbució la mozuela, buscando ansiosa en su imaginación los perfiles del rostro aparecido. De repente aseguró arrobada:
—Tenía los ojos azules.
—¿De veras?
—De verísimas.
Las dos enmudecieron, con los corazones tan acelerados como si el color azul fuera para entrambas un abismo...
Durante la comida no se habló una palabra de la aventura de Marinela; sólo Pedro miró a la moza por dos veces, haciéndose en la sién un ademán expresivo, come diciendo: estás «de aquí». La aludida se impacientó ruborosa, y Olalla puso un dedo sobre los labios con prudente disimulo, recomendando la paz.
Comían en torno a una de las «perezosas», con grave compostura y aplomada lentitud, como si cumpliesen una sagrada obligación. Olalla, que oficiaba de «sacerdote» en aquella solemne ceremonia, sirvió primero a Florinda y después a Marinela; luego puso en un mismo plato las raciones de Pedro y de Tomás; en otro la de Carmina y la suya, y dejó el resto del caldoso cocido entre su abuela y su madre. Quedaban así establecidas dos tácitas preferencias, que parecían justas en consideración al desgano y el esfuerzo de ambas comensales, dueña cada una de un plato y angustiadas sobre el humo del guisote.