Era tan visible la repugnancia con que las dos comían, que Ramona, después de empapujarse varias veces con murmuraciones, atragantadas entre bocados y sorbos, acabó por decir con aquella su ronca voz, sin matices ni blanduras:

—¿Por qué no mojáis mánfanos en la salsa? Hay que comer para trabajar. ¡Vaya unas mozas, que no valéis una escupina!.

La abuela suspiró con un ¡ay! rutinario, muy tembloroso. Y Olalla posó interrogantes sus ojos claros en las delincuentes: siempre comían poco; ¡pero lo que es hoy!... Abarcó la mesa en una solícita mirada, sin tropezar otros manjares que el pan moreno y duro, y volvióse hacia el llar, desguarnecido de cacerolas, humeante bajo la caldera donde hervía el agua para la comida del cerdo. Paseó en idénticas persecuciones las paredes y el techo de la cocina, y después de lanzar sobre su madre temerosa consulta, que no tuvo respuesta, preguntó a las dos inapetentes:

—¿Queréis una febra de bacalao?

Todos los ojos se volvieron hacia la pobre bacalada, a la cual un cloque hería prisionera en la altura, pendiente como una interrogación sobre la estancia miserable.

Las dos favorecidas por el generoso ofrecimiento se habían apresurado a hundir en la salsa pedacitos de pan desde que Ramona censuró sus melindres. Movieron la cabeza diciendo que no ante la perspectiva del regalo, torpes para hablar, como si una misma angustia les cerrase la boca, y mirándose con singular emoción, a punto de gemir.

—No; si tú—saltó la madre iracunda, dirigiéndose a su hija—tienes gustos muy finos; naciste para canonesa y no llegaste a tiempo.

La muchacha rompió a llorar con exageradas señales de dolor, como si otros secretos infortunios le acudiesen a los ojos pungidos de lágrimas, mientras que su prima, sintiéndose también envuelta en la insistente acusación, reclamaba su animosa voluntad para serenarse.

Olalla había palidecido: nada la hacía estremecer como el lloro de sus hermanos.

—¡Madre, por Dios!—rogó conciliadora. Y añadió fingiendo alegría:—Hoy hay postre, que es domingo.