Los rapaces se miraron sonrientes, y ella, al levantarse con rumbo a un secreto armario, acarició los hombros de Marinela y le sopló al oído unas palabras, suaves como zureos de paloma...
Las manzanas y el queso pusieron a los niños tan alegres, que su animación llegó a resplandecer un poco en toda la familia, y Olalla, más libre de cuidados, reveló de pronto un pensamiento que desde la víspera le venía causando sordas indignaciones:
—¡Miren que llegar sin un triste céntimo el hombre de Rosenda, tiene alma!
Acogió Ramona la conversación con interés agudo, murmurando:
—Ella hace muy bien en amontonarse.
—¡Perfectamente!
—Amontonarse, ¿qué quiere decir?—preguntó Mariflor curiosa.
Y su tía, más amargo que nunca el acento, explicó entonces:
—Pues no vivir con «él», no recibirle, negarle hasta el habla.