La vieja parpadeó muy de prisa, como si espabilase el sueño o solicitase una gota de llanto para limpiar las nubes de sus ojos.

—¡Válgame Dios!—prorrumpió únicamente.

—Sí; válganos a las míseras madres abandonadas con los hijos—clamó la nuera.

Un exiguo fulgor, como llegado con fatiga desde muy lejos, chispeó en las pupilas de la anciana. Y repuso quejosa:

—No lo dirás por ti.

—¿Que no?

—Si el marido no te puede mandar dinero, de lo suyo gastáis... y algo de los demás.

—También lo de mis padres lo gastaron los nietos, que yo no me casé desnuda... y he sudado mucho en somo de la tierra.

—¡Ansí es la vida!

—Pero cuando es poco lo que se tiene y lo que se trabaja, al padre cumple mantener a los hijos... o non facerlos.