—¡Mujer!

—Lo que usted oye.

—¿Y cuando el esposo gasta mala suerte y mala salud?...—subrayó la vieja, amarilla y temblante como la llama de un cirio.

—¡Que se chive!—escupió Ramona con brutalidad, poniéndose de pie.

Su elevada estatura dominó la estancia al ras casi del techo. Extendió los brazos hacia los relieves de la comida y alzó de una sola vuelta platos y cucharas, los mendrugos de pan, la fuente y el mantel: todo lo depositó sin ruido en el rincón donde era costumbre lavar el belezo. Se puso un delantal de arpillera sobre la saya «rajona» y comenzó calladamente aquella labor menuda que en los días festivos excusaba a su hija.

Sobre el lejano resplandor enceso en los ojos de la anciana, cayó la rugosa cortina de los párpados. Apoyó la tía Dolores un codo en las rodillas, en la mano la frente, los pies en un «silletín», y pareció que se amodorraba en el sopor de una fácil siesta.

Los rapaces se habían escabullido hacia el corral, y las tres mozas, descoloridas, inmóviles, se inclinaban en una misma actitud de sobresalto, como si las aturdiese el rudo peso de aquellas frases que sonaron a disputa y maldición.

Olalla, vergonzosa de que su prima sorprendiese tan acerbas intimidades, quiso, para disimular su disgusto, seguir hablando de Rosenda Alonso.

—Es una hija del tío Rosendín, ¿sabes?—le dijo en voz baja a Mariflor.