—¿El sacristán?
—Ese. Figúrate que la pobre parió dos mielgos la semana pasada; ¿te acuerdas?
—Sí; yo la encontré pocos días antes, que daba compasión...
Y la muchacha se estremece al recuerdo de aquella criatura sin forma de mujer, apabilado el rostro, desfallecida como una sombra, arrastrando con paso vacilante un feije de leña y un vientre enorme.
—Pues tiene otro rapaz—continúa Olalla—que anda en cuello todavía y sin qué echar a la boca; cuando va y se le presenta el marido fambreando también.
—¿El, es bueno?
—Serálo; pero es pobre como las mismas ratas.
—Si se quieren...
—¿Cómo se han a querer, boba, sin ser dueños ni de un quiñón de tierra?