Triunfante al exponer aquella rotunda imposibilidad, la joven dice:
—Con menos apuros las maragatas se amontonan cuando los maridos vuelven sin dinero. ¿No verdá, Marinela?—y sacude blandamente a la trasoñada niña.
Ella parece despertar de una grave meditación, se hace repetir la pregunta, y luego responde con respetuoso fatalismo:
—Es el usaje del país.
Y Florinda, abrumada por la validez indiscutible de tal uso, baja la frente sin replicar. Otros íntimos anhelos la preocupan, mucho más agitados desde que Marinela encontró al forastero de los ojos azules...
Entra Pedro desperezándose, y dice que después del Rosario irá a fincar los bolos; en su aire aburrido se conoce el deseo de que llegue la hora. Como parlotea en alta voz, Olalla le advierte por señas que está durmiendo la abuelita, y él entonces vuelve a salir hacia el corral donde los chiquillos discuten la posesión de un rongayo de manzana.
Desde la oscuridad donde trajina, pregunta secamente Ramona:
—¿No lleváis al chabarco los curros?
La abuela se estremece sin abrir los ojos, y las muchachas se ponen de pie como sacudidas por un resorte.
—Agora mismo—dice la mayor—. Y las otras la siguen con mucha celeridad, como si les diese miedo quedarse en la cocina.