La brusca luz de fuera les hace a las tres entornar los párpados. El estradín está lleno de moscas y de polvo, y el corral, a pleno medio día, arde y calla, reverberante de sol.

—¿Onde estarán esos pillavanes?—dice Olalla, viendo que sus hermanos han desaparecido.

Se oyen hacia el huerto unas risas pueriles, y las gallinas se alborotan pedigüeñas delante de las muchachas.

En la negra habitación que acaban de abandonar parece que con ellas ha huído la poca luz que había, aquel dorado resplandor que desde el estradín entraba con un vaho caliente de la tierra. El trashoguero, embrasado todavía, pone en el hondo llar rojos matices de expirante lumbre y un olor de agua sucia emerge en el aire con la oscuridad y con el humo.

La tía Dolores, apenas salieron las muchachas, se enderezó con singulares bríos, cerró las dos puertas que daban acceso a la cocina y, adelantándose en la sombra, segura como un remordimiento, preguntó hacia el sitio aquel donde se rebullía la nuera:

—Si viene Isidoro, ¿tú no le recibes?

Hubo un silencio frío... Se oyó después un «No, señora».

Menos firme, la voz de la anciana tornó a decir:

—Y si algún día viene a tu casa Pedro, comalido y pobre, ¿le recibirás?

Vibró al punto un fuerte «Sí, señora».