Y la tía Dolores, extendiendo los brazos con un sordo crujido, replicó anhelante:

—¡Pues no olvides que esta casa es mía!

Se quedó allí la vieja, muda y en cruz, sin que el rincón sombrío se diese por enterado de aquella lógica irrebatible. Porque Ramona, que ya había acabado de fregar, abrió sin ruido la puerta lindante con la cuadra y salió llevando la comida para el cerdo...

El caudal que durante los inviernos pasa trabajador por los molinos, derivado del Duerma, hace su entrada en Valdecruces bajo la humilde forma de un arroyo, sujeto a languideces estivales que en ocasiones llegaron a borrar la estela desmayada. Viene esta caricia de aquel lado donde madura más temprana la mies, donde no todo el terreno es añojal y hasta algunas parcelas pueden pomposamente llamarse «de regadío» cuando los ardientes calores funden en el Teleno heladas nieves, y unos providenciales arroyatos brindan a este rincón de la llanura el piadoso murmullo de su limosna.

Por el mismo lado entró, en este día memorable, un poeta con ínfulas de libertador, como si todas las sonrisas de la esperanza hubiesen de llegar a Valdecruces desde allí.

Mientras Olalla espera que los patos se bañen en el desmedrado arroyuelo, las otras dos mocitas están muy silenciosas y meditabundas mirando cómo fluye el tenue hilo de la corriente. Y sin más preámbulo, como si una invencible preocupación la sugestionase, Marinela dice:

—Sí, sí; por aquel lado «venía».

Su voz, impregnada de misterio, balbuce al oído de la enamorada, que se estremece y se turba:

—Hace volcán—pronuncia Olalla vagamente—. Y Florinda cubre sus cabellos con el pañuelo blanco del bolsillo.

En el sopor fatigoso de la hora fulgura el aire y duerme la tierra, retostada y sediente, sin que llegue del vecindario un solo suspiro hasta la calle, desde las ventanas, abiertas como bocas en perezoso bostezo.