Han madrugado mucho los calores y los campesinos temen, con razón, que se les tueste la cosecha antes de estar en punto de segarse. Andan ya «cogiendo la vez» para los trajines del riego, solicitando hasta la última gota del agua que empieza a murmurar como en agosto, derretida en los montes por este mismo ábrego que en la llanura consume los caudales del Duerna.
Tales pensamientos se agitan en la mente de Olalla con fatigado rumbo: este arroyo, vecino de su calle, no le dará corriente para lavar la ropa, para bañar los patos, para surtir a la cocina; y, sobre todo, no podrán buscar quien las ayude en las tareas del riego, ni en las de la jaja y escardadura; quizá tampoco en las de la siega y la recolección. Las obreras son demasiado pobres para esperar por los jornales; de América no mandan un céntimo; el tío Cristóbal pide los haberes o la casa, y la abuelita chochea sin acordarse de lo que debe, de lo que es suyo, de cuanto sea preciso pagar y conseguir. Ya volaron los restos de la «matación», y la olla cuece sin «llardo» y sin «febrayas», como la del último pobre del lugar. Escasea el aceite; faltan zapatos a los niños; la madre sufre y riñe, con el genio más adusto que nunca...
—¡Dios santo!—clama la moza en medio de sus meditaciones, sin poderse contener.
—¿Qué sucede?—le pregunta su prima.
Pero Olalla conoce por instinto el arte de fingir. Su carácter reservado y oscuro no se presta a las expansiones; siente un salvaje pudor de aquella terrible miseria que a pasos agigantados se posesiona de su hogar, y hasta en el seno de la familia procura disimularla, menos por compasión que por orgullo de mujer fuerte, por extraña codicia que la empuja con bravo deseo a esconder, como un tesoro, penas y trabajos para ella sola, hasta donde sea posible.
—Sucede—responde tranquila—que estáis cogiendo un sofoco sin necesidá; veivos a casa.
—No, no—se apresuran a decir las otras con obstinación.
Y como Olalla siente que la negativa está envuelta en nubes de inquietud, quiere ahuyentar con frases animosas aquel mudo trastorno, y balbuce palabras resonantes que tiemblan en la penumbra de los pensamientos igual que pajarillos lanzados a volar en medio de la noche:
—Bailaremos a la tarde. Ya Marinela tiene que empezar a ser moza, y tú habrás aprendido las danzas de aquí, en dos meses que las ves...
—No aprendo todavía—responde Mariflor.