—No bailo—asegura Marinela.

Impaciente por aquellos murmullos negativos, Olalla prorrumpe:

—¡Sodes bobas!

Sonríe Florinda, deseando mostrarse menos preocupada, pero busca en vano alguna cosa alegre que decir; y como los «curros» patullan en la fangosa margen del arroyo, comenta distraídamente.

—Casi no tienen agua.

—Sí; el aflujo va mermando con la sequía, y en el bañil de allá bajo tampoco hay bastante para que las bestias se remojen...

—¡Si lloviese!—ansía Mariflor, sabiendo que se aguarda la lluvia como un gran beneficio.

Las tres alzan los ojos con incertidumbre hacia el flamante cielo, curvado en imperturbable serenidad sobre la aldea, y los tornan después hacia la calle, que silente y espaciosa como un ejido, huye al campo con el leve surco del arroyo entre las guijas.

La doble hilera de casas, puestas holgadamente en su sitio con cierta urbana solemnidad, se interrumpe a menudo por sebes de huertos, portones de corrales y afluencias de otras rúas, que también se abren anchas, calientes y dormidas.

—Parece que no hay nadie en el pueblo—dice Mariflor, dominada por el agobio profundo de tanta soledad.