—Están todos echando la sosiega, mujer; ya verás como otros domingos, a la hora del Rosario y después en el baile, cuánta gente.
Y Olalla, siempre calmosa, parece que se olvida de recoger sus patos.
Hasta que llega un perruco con la lengua fuera a beber en el mísero arroyuelo, y espanta los ánades que salen parpando a las orillas en torpes vaivenes.
El gozque, así que sacia la sed, ladra con furia, y cuando las niñas vuelven la cabeza buscando el motivo de aquel alboroto, ven a Ramona asomándose a la empalizada del corral.
—El tercero para las dos—advierte—. ¡Si habéis d’ir al Rosario!...
A esta sazón rompe a tocar la esquila de la iglesia.
Aléjase el perro, lanzando sordos gruñidos a la brusca aparición de Ramona, mientras las muchachas y los patos se recogen.
Y en la calle, letárgica otra vez, sólo parece vivir el hilo tenue del arroyo, y un trapo que a lo lejos pone erguida su dudosa blancura, como anuncio y señal de una taberna.
Cuando vuelven a caer las tres mozas en el hondo agujero de la cocina, sienten una frescura penetrante en medio de una densa oscuridad.
Mas, pronto Olalla descubre en la masa de sombras y de humo a la Chosca, acurrucada en el suelo entre la ceniza, dando sorbos y bocados voraces a la misteriosa sustancia que extrae de un pucherete.