En el escaño, donde suele dormir la criada, se ha escondido la tía Dolores. Allí está inmóvil sobre la ruin yacija, dominada por el letargo o por el sueño.

—¿Qué hace usté, abuela?—le pregunta la joven asombrada—¿Duerme todavía?... ¿No viene a la parroquia?

La sacude con el temor de que pueda ocurrirle un accidente.

Pero ella responde levantándose:

—Ya voy.

También su voz ahora parece que ha venido de muy lejos, como el fugaz relámpago que le brilla algunas veces en los ojos.

Hoy la esquila avisadora voltea con más sutiles vibraciones; algo le sucede; anuncia una cosa extraordinaria; tiene una doble intención, oculta en el repique insinuante en los últimos golpes: Tan... tan... tan... ¿Qué secretos dice a gritos la esquila?...

Esto se pregunta Mariflor acabándose de vestir, y en tanto que vuelan como alondras sus deseos.

Ya las tres maragatas están muy elegantes, que, de la antigua opulencia familiar, guarda la tía Dolores ricas vestiduras del país: «rodos»; sayuelos, dengues, arracadas, mandiles y otros aliños de mucha gracia y mérito, aunque no cotizables para la avaricia del tío Cristóbal, como los «bagos» y las yuntas.