Marinela, endomingada desde muy temprano, aguardó en un rincón que las otras terminasen su arreglo, procurando no estorbar en la estrechez del gabinete de Florinda, único de la casa donde con el sol entra alegre la luz.

Cuando van a salir, llega muy presurosa la sobrina del párroco, con la mantilla puesta y el rostro encendido.

—Como tardábais—dice—, vengo por vosotras. Y añade en impaciente explosión confidencial:

—¿No sabéis?... Ha llegado a casa de mi tío un señor de Madrid: escribe libros y cantares, y habla mucho de Mariflor.

—¿Le conocías?—prorrumpe Marinela estupefacta, adivinando que ha parecido su forastero de los ojos azules.

La aludida, acelerado el pulso, batiente el corazón, murmura como un eco de contestaciones idénticas:

—Venía «con nosotras» en el tren...

—Sí; es verdad—corrobora Ascensión—, lo ha contado en la mesa, y como yo he servido la comida lo estuve oyendo todo.

Olalla oculta impasible sus impresiones, y las pupilas volubles de Marinela relumbran como dos esmeraldas.