—¿No está loco?—interroga.

Y luego que refiere a la sobrina del cura su hallazgo singular del medio día, ésta clama risueña:

—¡Andanda con la salve!... Pues el señor que dices está en su sano juicio, es bien fablado y buen mozo.

—No llegaremos a tiempo—murmura pasivamente Olalla.

Movidas por advertencia tan oportuna, salen del gabinete y de nuevo cruzan las sombras del pasillo y de la cocina, evitando con la puerta principal el rodeo de la calle. Ni junto al llar ni en el escaño hay figuras humanas esta vez: la casa, desierta y silenciosa, se agacha humilde bajo el sol.


XI
LA MUSA ERRANTE