—HAY comedia...

—Hay volatines... ¿Vamos?

—Díle a madre que nos deje ir...

—¡Díselo!

Olalla fingió enojo, deseando complacer a los chiquillos, y lamentóse en alta voz para que su madre la oyese:

—¡Cuidao que sois pidones! Por mi parte ya estáis aquí de más.

—Y mañana no habrá quien les recuerde para ir a la escuela—dijo Ramona en tono de transigir.

—¡Ah! Ya les haría yo poner los huesos de punta.

Las tres caras redondas y apacibles de los niños demostraban insólita inquietud, porque la esperanza de asistir a una «comedia» en el propio Valdecruces era cosa verdaderamente absurda, capaz de conmover a todo el pueblo.