Nadie supo qué azares enemigos llevaron a los infelices histriones por aquellas pobres veredas maragatas. Ello fué que, con las penumbras de la noche, llegó un carro al crucero, se detuvo en una esquina estratégica y comenzó a desalojar extraños personajes, herramientas y enseres, bichos y trapos. Salieron de la ambulante guarida tres viejos y una mujer madura, dos mozas, dos niños y un galán; varios perros ladraron, chilló un mono, vociferó un lorito y relincharon dos caballejos y una mula: dió a luz, en fin, el Arca de Noé.
El asombro de algunos rapaces que presenciaron la llegada, propaló por el pueblo la noticia, y la soporosa tranquilidad de los vecinos encendióse con rara turbación.
Desde el baile, cuando ya se retiraba la gente dominguera en pacífico desfile, escurriéronse los grupos hasta el Crucero, y, a distancia, con ciertas precauciones, comentaron la singular visita.
A la vera del carro fulgían ya, como luciérnagas, algunas luces, y los juglares, con actividad inconcebible para el atónito público, habían obtenido del tío Cristóbal, alcalde pedáneo, licencia para celebrar aquella misma noche una función.
Entre grandes estrépitos, de escandalosa y memorable resonancia, un tambor y un cornetín anunciaban, a poco, el extraordinario espectáculo, para las nueve y media en punto.
Inicióse el pregón al través de las calles con una arenga dicha en medio de la plaza por el más mozo de los tres viejos. El orador, después de saludar con leve modulación extranjera al respetable público, ponderó como lo más sorprendente de aquella solemnidad la «presentación» de la «célebre» Musa errante, una dama loca de amor, que andaba por el mundo gimiendo su querella y que declamaría sus cuitas en «magníficos versos» ante el ilustre auditorio. El cual no quedó muy enterado de la importancia del anuncio ni muy curioso por el peregrinaje de la Musa.
Pero se celebrarían también «danzas griegas»; difíciles y peligrosos ejercicios de gimnasia; burlas de payasos; suertes maravillosas por «el nunca visto joven Manfredo, malabarista y nigromante».
Tantas exóticas ponderaciones, comprendidas apenas, enervaron al «ilustre auditorio» con un fascinador aroma de flores desconocidas.
Y el violento perfume de la novedad que desvela a los niños impacientes alrededor de Olalla, llega a trascender en el acento de la madre, ablandado de pronto.