Aprovecha la moza esta buena coyuntura para preguntar con su tacto calmoso de campesina:

—¿Nos deja ir?

—Dirnos... ¡Pero solas!...

—¡Venga usted!

—Que vaya la abuela.

La cual tuvo que ser consultada a voces, como si se hubiera quedado sorda de repente. Y enterándose de que era invitada a «juegos de farsantes», negóse esquiva y triste, con entumecido movimiento de cabeza y de labios.

—Iré yo—murmura Ramona, lanzando a su suegra una mirada baja y fría.

Cuando buscan a Mariflor para cenar, responde desde el huerto, y acude sonriente, sin esconder el gozo del semblante.

Le dicen los chiquillos que van a ir todos «a la comedia», y la muchacha procura sacudir el entorpecimiento agudo de su alegría para razonar y entender lo que sucede. Repite en voz alta lo que han dicho los otros, deseando cerciorarse así de cuanto oye; y su acento resuena ronco y dulce, embargado por la emoción.

Todos quedan mudos cuando habla ella, sobrecogidos por la fuerte caricia de ternura que como encendida fragancia brota en sus frases pueriles. La miran con vago asombro; resplandece, y sonríe sin cesar, recién despierta a realidades que sin duda ha soñado; moja con la punta de los dedos pedacitos de pan en la inevitable salsa, y parece que le saben muy bien según los multiplica.