La frugal colación tiene esta noche un gusto nuevo, un incógnito grano de pimienta que estimula en los paladares el apetito y la sed. Hasta la inapetente niña de los ojos volubles, come de prisa, alterada y ansiosa, como si fuese un sápido manjar la «sopa de patata».
Cuando más se acentúa el incitante sabor que hay en la cena, más se extiende el silencio en la cocina. Entonces Mariflor revive a sus anchas las preciadas memorias de aquella tarde, y también la punta de sus pensamientos mojan pedacitos de ilusiones en la «salsa de la felicidad»...
Bendice la niña el instante precioso en que don Miguel le dijo, al salir de la iglesia:—Aquí está «aquel señor» amigo tuyo—mientras Rogelio Terán, con aire deslumbrado y feliz, se adelantó a saludarla en medio de las primas.
Como él no reconociese en Marinela a la maragata que halló junto a la fuente, la sobrina del cura hizo el descubrimiento entre rubores de la moza y cortesanías del galán; después, todos reunidos, se fueron lentamente hacia el lugar del baile.
Aprovechando la estrechez de una calleja, dijo Ascensión, oficiosa:
—Vayan delante ustedes.
Emparejó a la enamorada con el artista, quedóse del brazo de Marinela y dejó atrás a Olalla con el sacerdote...
Bebe Mariflor un sorbo de agua, en la boca misma del cántaro, para serenar este recuerdo, y quédase confusa ante los murmullos de las palabras dulces que todavía resuenan en su oído y las consideraciones y esperanzas que se agitan en su corazón.
Es a ella, a la triste criatura abandonada entre cuidados y pesadumbres, a quien un hombre de calidad ha dicho esta tarde:
—¡Te amo, te amo!... Sueño llevarte en mis brazos, un día, lejos de Valdecruces; quiero que seas dichosa y que me debas la felicidad; quiero compartir la vida contigo. ¡Eres mi reina, eres mi musa!... ¿Me quieres, Mariflor?