—Sí, sí—repite embriagada por la gratitud el eco de una respuesta.
Y entre las efusiones sentimentales que embargan a la moza, que hinchan sus pensamientos y los entumecen con divina y cordial calentura, quedan flotando en obstinada aparición las imágenes más indiferentes; el gorrito azul de la niña mielga a quien Rosenda Alonso mece en las rodillas; el severo perfil de las bailadoras que danzan de dos en dos, con los ojos bajos, el ritmo lento y las castañuelas alborotadas, y el semblante inmóvil del tío Fabián, agrietado y oscuro como las nueces secas...
También la Chosca tenía cara de nuez. Y mirándola con repentina curiosidad, sintió la muchacha importunas ganas de reir.
Comía la sirviente a la mesa metiendo su cuchara con acompasado vaivén en la vasija común a la tía Dolores y a Ramona. Las tres sorbían y mojaban con lenta moderación, sin hablar y sin mirarse, como viajeros extraños y adustos a quienes el calor y la sed reúne en el camino a la sombra de un árbol o en torno a la frescura de una fuente.
Descubre a estas mujeres Mariflor como a criaturas nunca vistas ni relacionadas con la sangre de ella, con su casta y origen.
Y cuando, ya agotado en los platos el moje por mendrugos de pan, se levantan los comensales para salir, quédase la muchacha sorprendida por su propia voz que que dice:
—Adiós, abuela.
Apacible y sin estrellas rodaba la noche en el espacio.
Al caer la tarde, se había extendido sobre el cielo, pálido de calor, una sutil neblina, delicada y luminosa en su baño de luz crepuscular. Y al descender la sombra a la llanura, quedó la blanca nube abierta en los horizontes como un manto refrigerante, encendida por un cándido resplandor de plenilunio: dulces soplos de viento, que parecían rezar por los caminos, acabaron de prestar a la noche encantos de primavera.