El auditorio de los comediantes, compuesto de niños y mujeres, con algún anciano por rara excepción, se preocupaba de mirar al cielo tanto como a la vieja alfombra convertida en escenario bajo la trémula claridad de unos hachones.
—Píntame que hace viento de Ancares—anunció Olalla con regocijo.
—Sí; corren unas falispas algo frescas—corroboró Ramona.
Su acento, amargo siempre, envolvía en la brusca modulación una violenta ansiedad que halló resonancia febril en el concurso: la inquietud y el deseo hizo balbucir a todos los labios con sigilosa esperanza:
—¡Hace viento de Ancares!...
Y detrás del feliz augurio, los ojos se volvieron hacia el Norte, escrutando las nubes encima del caserío, de aquel lado por donde la lluvia era esperada.
—¡Señores, atención!—gritó el director de escena, como si advirtiese que el público se distraía del «maravilloso espectáculo»—. Va a comenzar la extraordinaria labor del joven Manfredo.
Ya se habían celebrado las «danzas griegas», un baile triste, lleno de extrañas figuras y contorsiones, entre una moza muy desabrigada y un doncel con arreos de baturro.
Era, sin duda, este mismo «nigromante y malabarista» que jugó con navajas y botellas, con platos y faroles, tirándolos al aire en complicadas suertes, para recogerlos con las manos, con la boca y con los pies.