En seguida barajó unos resobados naipes y los hizo viajar por todo su cuerpo. Guardó una carta con mucha pulcritud en la palma de la mano, advirtiéndole muy finamente:
—Pasa, monina; pasa, chiquitina... pasa...
Y al conjuro del ruego mimoso, la sacó de la punta de una bota, exclamando complacido:
—¡Ya pasó!
Aquel público no conocía, en su mayor parte, más tramoyas que las farsas de los pastores, celebradas por año nuevo en zancos sobre la nieve, y estaba, en realidad, maravillado.
—Paez cosa de paganía—murmuró Ramona con recelo.
—¡De veras!—dijo a su lado, absorto, Rosicler.
Un espacioso rumor llevó sobre el concurso estas palabras que se condensaron en la frase hostil:
—¡Esos tíos serán ensalmadores!...
Y las aguas muertas de todas las pupilas se rizaron con un soplo de supersticiosa pasión.